El miedo: debilidad y fortaleza (Parte 1)

El miedo es una debilidad que nos vuelve seres pequeños enfrentando inmensos desafíos diarios, al mismo tiempo, es una fortaleza que nos convierte en seres capaces de resolver dificultades inteligentemente. El miedo puede, efectivamente, hacernos retroceder ante un camino pedregoso, abortar una empresa o puede (como dice la literatura de A.A.), ser un punto de partida para mejores escenarios. Puede ahuyentar, puede ser fuente de prudencia y fe, puede volvernos ofensivos e inofensivos, puede incluso volvernos responsables, en fin.

El miedo es una emoción cuyas consecuencias dependen completamente de cada uno de nosotros. En ese sentido, la pregunta que nos hacemos es: ¿Podremos alguna vez deshacernos definitivamente del miedo o debemos, por el contrario, aprender a vivir con él? Vivir con miedo significa vivir debilitado, cansado y sin esperanza, significa vivir huyendo como el que oculta acciones equivocadas temiendo siempre a las represalias.

Es grande la inversión de energía al huir, y es mucha también la energía invertida en sostener apariencias, como el adolescente que cubre sus defectos físicos para que no ser rechazado. Es enorme, de igual modo, el esfuerzo que se invierte en aparentar u ocultar, como el líder de grupo que no confía en la existencia de una inteligencia superior a la que puede acudir, y en lugar de ello se empequeñece para no enfrentar con valentía, responsabilidad y fe, aquello que no funciona en su agrupación.

Cuando esto ocurre, tanto el adolescente como el hombre equivocado o el líder de grupo, se dan cuenta de lo mucho que los domina el miedo, normalmente la reacción es abandonar el miedo o erradicarlo como si se tratara de un mal hábito o una pesadilla.

En efecto, los malos hábitos y las pesadillas, producen temor, pero del miedo al que nos referimos, no es posible desprendernos tan fácil. El miedo del que hablamos nos coloca inequívocamente frente a una de dos posibilidades: Huimos de él silbando en la oscuridad, o lo enfrentamos y aprendemos a vivir con él, más como una fuente de fe y fortaleza que como un monstruo avasallante.

Así que la respuesta es no, no podremos librarnos jamás de esa terrible emoción, no desaparecerá el siniestro escalofrío que produce el ruido de la habitación contigua al dormir en soledad, no se esfumará la parálisis al arriesgar mucho dinero en un emprendimiento, ni erradicaremos ese sudor frío en las manos cuando hablamos en público, sin embargo, ¿no es eso una especie de aliciente que nos dispara hacia lo mejor de nosotros? ¿No es que aquello que aún no ocurre también nos orilla a mejorar o corregir nuestra actitud frente a determinada situación? ¿No es el miedo, más bien, una especie de advertencia que nos pone en pista cuando dejamos de prestar atención, cuando algo no es prudente, o en el caso de que no funcione nuestro nuevo negocio? ¿No es verdad que el miedo podría además mejorar nuestro desempeño?

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